De traficante a la vida
Por Ulises Prusso
Mi nombre es Ulises y éste es mi testimonio. Me gusta el Hip hop y el Rap. Tengo veinticuatro años y desde hace tres años comencé a vivir.
Habito en uno de los lugares más pobres de la ciudad de Canelones. Vivir en el barrio "La Cantera" me llevó a desear ser alguien en la vida desde pequeño. Iba a la escuela pero algo no me permitía sentirme cómodo. Yo quería experimentar nuevas sensaciones ¡salir de la rutina! Olvidar las malas relaciones con mis padres. Era como si ellos solo se interesaban por mi hermano enfermo y que yo era descartable, ... Estar en su casa eran los momentos agrios de mis cortos días ... los odiaba.
La droga: el círculo de la muerte.
Empecé a consumir marihuana a los once años. Cosa que acompañaba cualquier vino barato como para pasar el rato con los demás muchachos, mientras aspirábamos cemento para drogarnos. No siempre teníamos dinero como para algo elaborado, así que usábamos psicofármacos para compensar la necesidad adictiva.
A los quince años ya vendía "mercancía". Por esa época inyectarme era parte de mí. Ya era costumbre con la barra de amigos estar en las esquinas, el prado o en alguna plaza de la ciudad "dándonos" cocaína y anfetaminas. Quería que me comprendieran, que alguien se preocupara por mí. Deseaba ser conocido y en cierto modo lo estaba logrando, el sueño de mi vida parecía encarnarse en aquella forma de "pasarla bien". Ser centro de atención era lo máximo.
Todos los de mi mundo me necesitaban ahora. Ellos me buscaban por la droga que yo siempre tenía. Cuando a todos los demás se les había terminado, a mi no y ahí vivía mi orgullo. Entonces me buscaban, eran mis "amigos". Cada momento "amigos" se mantenían a mi alrededor.
Pero empecé a crecer y pasaron los años y ya no era igual. El bienestar de la popularidad resultó ser insuficiente y engañoso. Estaba con la gente sintiendo soledad. Algo que traspasaba mi ser: miseria, angustia, desprecio de mi mismo. En esta etapa me quedaba en casa, sí... la misma que desprecié. Al no salir vendía desde allí la droga que muchos deseaban desesperados. Como tenía un muy mal carácter fue imposible mantener la paz. Almorzar juntos a la mesa no lo resistía, tomaba mi plato e iba a comer aislado en cualquier otro rincón, convencido que era lo mejor. Todos los días enojado, el romper cosas del hogar algo cotidiano. Mi madre solo conocía la desesperación. Era un adicto a la droga, un circulo de muerte, ahora lo sabía. También esclavo del odio, el rencor y la soledad. Odiaba a todo el mundo, la gente en general, para mí eran todos iguales.
La etapa del horror
Entonces a los dieciocho mi madre, "la chicha" comenzó a asistir a unas reuniones, no me interesaban. Pero ella insistió en varias ocasiones que le esperara al salir para que regresara protegida a la casa en la noche. Fui a buscarla borracho y drogado. Cuando llegué a nadie le importó mi condición, sólo me abrazaron y dieron un beso, un saludo habitual y afectuoso. ¿Era yo un ser humano normal? ¿Sería en serio que me dijeron que Dios me amaba ... a mi? Una anciana hasta me regaló una Biblia mientras decía "algún día te veré aquí y esta Biblia te servirá". Sentí ganas de arrojarla pero me dije no y la dejé cerca de mi cama.
Respecto a mi hermano enfermo yo pensaba que Dios lo había creado así a él. Fue en aquellos días fue cuando Freddy murió. ¡Dios no existe! grité enfurecido. También Dios entraba en mi lista de odiados y asquerosos. No solo a él sino que también a quienes hablaban al respecto.
Siempre viví días malos pero hubo uno de horror. Viéndome tan vacío empecé a pensar como matarme. ¿Para qué vivir? Nada ya tenía sentido, la vida joven y alegre que supuestamente tendría que tener era opaca. A la tarde llegaron unos amigos que me dijeron si quería ir a ver una "vieja" (mujer anciana) que tocaba la batería. Eso me causó risa y dije "total ... antes de matarme quiero reír un poco". Fui drogado como de costumbre. Eso actuaba como un trampolín para "encarar" situaciones que en estado normal no podía enfrentar.
El día que comencé a vivir.
Cuando entré, me senté solo al final del auditorio. Después llegaron los demás muchachos y juntos nos acompañamos frente a los desconocidos. Sentía algo distinto, era diferente a las demás cosas que había experimentado. No sabía que era pero aquel lugar era especial. Los deseos de llorar me cautivaron. Todos los que habíamos ido a reírnos ahora llorábamos, entonces nos fuimos.
Al siguiente día regresé. Continuaba aquel sentimiento que no podía describir con palabras pero que era confortable y restaurador. En cierto momento quienes dirigían la reunión pidieron que los que necesitaran oración pasaran al frente para recibirla y lo hice. Oraron por mi, caí al suelo para continuar llorando como por veinte minutos más. Al levantarme de las lágrimas vino a mi mente: "que pasa ¿no es que los hombres no lloran?" Sentí vergüenza. Pero el pastor que estaba allí me dijo que era una nueva criatura en Cristo.
No supe con seguridad porqué o cómo sucedió, pero mi vida cambió desde aquel momento. Me sentí realmente amado. Amado aparte de lo que hiciera o quien pudiera ser, amado aparte de lo que tenía, amado sin que esperaran nada a cambio, ...amado por Dios. Desde entonces lo que no tenía sentido era el suicidio, deseaba vivir como nunca antes. Luego fui libre de las drogas y aseguro que ninguna adicción tiene el efecto de Cristo. El es lo mejor que he probado en mi vida. Vale la pena experimentarlo y dejar que cambie tu corazón.
Dios me cambió de traficante a la vida. Lo hizo conmigo y puede hacerlo contigo, esta esperanza no depende de cuan hundido estés en tu miseria sino de la misericordia del Dios de amor que hoy te dice: "Vengan a mi todos los que están trabajados y cargados y yo los haré descansar" (Mateo 28:11, La Biblia). Hoy quiero vivir, soy adicto a Jesús.
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Ulises Prusso actualmente es un joven que busca con ahínco vivir de forma saludable y feliz. Se congrega en el Centro Evangélico, Canelones-Uruguay, y es un fiel seguidor de Jesucristo. Este testimonio ha sido escrito por el protagonista junto al editor del sitio Creer y Pensar.