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Pero se mueve

Por Edgardo Muñoz


En ciertos ámbitos cada vez que alguien es aplacado en contra de sus convicciones, emite esta exclamación: Pero se mueve. La frase se atribuye a Galileo Galilei, quien negó la teoría geocéntrica que aseguraba que todo el universo giraba alrededor de una Tierra inmóvil. La iglesia había adoptado tal teoría en base a una falsa y forzada interpretación de la Biblia. Cuando Galileo publicó que la Tierra era un planeta más que giraba alrededor del sol y no un eje inamovible, la iglesia le obligó firmar una confesión en la que se retractaba de dicho descubrimiento. El famoso astrónomo, y entre dientes pronunció esas palabras: Pero se mueve.

Lo que dio relevancia al dicho del célebre astrónomo fue la veracidad de descubrimiento en contraste con el engaño que defendió ciegamente al iglesia, que en ese momento gozaba de poder político absoluto.

Sin embargo, la lección parece no aprenderse. Cada vez que surge un nuevo hallazgo científico, los creyentes nos aventuramos a emitir juicios que ponen en duda cuanta templanza tenemos. Criticamos a los evolucionistas porque con unos pocos huesos reconstruyen la prehistoria antojadizamente. Pero con bastante frecuencia y con muy pocos elementos de evaluación desacreditamos apresuradamente toda sombra que parezca amenazar nuestra fe. Entonces algunos, por razones de educación y cortesía, interrumpen el debate y se alejan de nosotros murmurando: ¡Pero se mueve!

Aún el necio, cuando calla es contado por sabio, reza Proverbios 17:28. Los hijos de Dios necesitamos medir las consecuencias de lo que afirmamos y guardar silencio cuando carecemos de argumentos sólidos. Debemos admitir que si no somos conocedores de las ciencias no tenemos autoridad para desacreditar sus enunciados. Por lo menos en dos ocasiones, en los evangelios observamos a Jesús negarse a emitir juicios sobre los asuntos de la vida. En una de ellas puso en claro que las cosas del César no tenían nada que ver con las de Dios. Los pastores escuchamos con recelo cuando algún individuo no convertido habla de experiencias espirituales. De la misma manera, nos escuchan los más instruidos cuando disertamos lo que no sabemos. Nuestra tarea es hablar de las cosas de arriba, no de las terrenales.

Por otra parte, nos enfrentamos a la demanda de explicaciones provenientes de creyentes sinceros, quienes a toparse con artículos periodísticos poco serios o profesores universitarios inescrupulosos, tambalean en sus fundamentos. Ante tal situación no podemos permanecer callados. Alguna respuesta sabia debe oírse desde nuestros púlpitos para ofrecer de nuestra fe.

¿Cómo ser prudentes y evitar la contemplación pasiva al mismo tiempo? Algunos consejos nos serán de utilidad.

Primero: No debemos inquietarnos por la difusión pública de nuevos hallazgos.

El periodismo que responde a los intereses de sus agencias lucha por tener las primicias de cualquier información atractiva. En ese afán saca de contexto algunas declaraciones y en otras veces pone énfasis en lo que aceptan como leyes lo que la ciencia describe tímidamente como hipótesis. De ser por los anuncios periodísticos, ya seríamos eternos sobre la tierra por todas la vacunas y remedios mágicos que descubrieron.

Hace unos años los medios de difusión publicaron el supuesto embarazo de un filipino de sexo masculino. La noticia recorrió el mundo entero y médicos, abogados y demás profesionales arriesgaron sus opiniones por lo que unas semanas después se comprobó como fraude. La presión de los formadores de opinión pública era tan intensa que cada consultado remitía sus dudas sobre la veracidad del hecho.

Aunque pasaron varias décadas del engaño del hombre de Piltdown, tengamos en cuenta que la historia se repite a menudo. No entremos en el juego de los sensacionalistas. No aceptamos el reto de algunas mentiras pronunciadas por personas que tienen el interés de montar un espectáculo dl que seremos protagonistas gratuitos. Guardemos silencia y esperemos que las falsedades caigan ante las verdades que no necesitan defensores precipitados.

Segundo: No confundamos lo que dice la Biblia con lo que nosotros le atribuimos.

La Biblia no es un libro de ciencias, es Palabra de Dios para las necesidades espirituales y cotidianas del hombre. Es el mapa de la carretera hacia el cielo. Dios transmitió su Palabra con la intención de afectar milenios. A nosotros. los que alcanzaron los fones del siglo XX, nos ha tocado ver con lentes lo que los ojos de nuestros antepasados jamás imaginaron. Tanto el universo de las galaxias como el de los microbios resultaban desconocidos para aquellos que son historia. Las personas de otros siglos se enfrentaron a fenómenos cuya causa se ignoraba.

La Biblia describe a estos fenómenos de una manera simple e casi infantil para que pudieran ser comprendidos por el hombre de antaño y por el contemporáneo. El punto de vista fenoménico de la Palabra pone la atención en el efecto y no en la causa. Las sagradas Escrituras no nos explican el "como" sino lo que se hizo y lo que ocurrió. Las metáforas son el recurso ideal de Dios para que rellenemos con nuestros actuales conocimientos el "como". Pero ese "como" pertenece a nuestro criterio y está sujeto a modificaciones conforme avancen los conocimientos humanos.

Cuando Josué peleaba contra los amorreos en Gabaón, hizo falta la dilatación de luz diurna para concluir exitosamente la batalla. Los israelitas de aquellos tiempos contemplaron a un sol que se detuvo en su trayectoria. La iglesia en los tiempos de Galileo confundió el efecto mencionado con la causa y un descubrimiento como el del científico desacreditaba a la Biblia y destruía la fe.

Pero la Biblia relata lo que ocurrió "a ojos de sus protagonistas". Simplemente debemos imaginar el efecto, representar la imagen en nuestra mente y luego suponer los procedimientos. Cada vez que hacemos sagrado y literal a un lenguaje posiblemente figurado, y nos perdemos en los detalles, caemos en el error descrito en 1a de Timoteo 1:3-4: "Como te rogué cuando partí para Macedonia, quédate en Éfeso, para que requieras a algunos que no enseñen doctrinas extrañas, ni presten atención a fábulas e interminables genealogías, que sirven más a especulaciones que al plan de Dios, que es por la fe".

Tercero: No peleemos contre molinos de viento.

El ser humano siempre ha buscado tener una explicación a todo lo que ocurre a su alrededor. No está mal esta actitud siempre y cuando veamos a Dios como el motor y sustentador de la existencia. Sin embargo no pocos se envanecieron en sus conocimientos y olvidaron que las leyes que rigen el universo, y que hicieron posible la vida siguen contando con el Gran Legislador de los Siglos. Esto llevó a muchos creyentes a rechazar todo tipo y forma de conocimientos viendo una amenaza detrás de cada logro científico.

La consecuencia de esta reacción nos lleva a extremos. Entonces rechazamos las leyes de adaptación de las especies al medio ambiente por confundirlas con las teoría evolucionistas.

Cada vez que nos hablan de millones de años nos sentimos incómodos pensando que tales cifras desmoronan nuestras convicción. Pero no hay problemas en estos conceptos. Leyendo cuidadosamente la Biblia, advertimos que los siete días de la creación en realidad fueron posteriores a la creación misma. En el principio, dice el Génesis, creó Dios el universo, pero luego organizó lo creado por etapas, día a día, hasta llegar a siete. Ese principio de todo pudo haber durado miles de millones. Además ignoramos si estos días fueron literales o metafóricos, si fueron días consecutivos o separados por lapsos mileniales. Así como en las genealogías se omiten segmentos enteros, por ser innecesarios, ¿por qué no hacerlo con las etapas de la creación?

Si el Señor tuviera que darnos los procedimientos de la creación detalladamente y por escrito, la Biblia perdería su esencia en centenares de áridas páginas.

Recientemente se divulgó una noticia revolucionaria: La teoría del big bang deberá revisarse debido a observaciones asistidas por instrumentos de última tecnología. En el área de la biología, los últimos descubrimientos indican que la vida surgió espontáneamente tal cual la vemos, en lugar de haber evolucionado a través de los siglos.

Algunas veces la ciencia confirmará lo que creemos, otras veces nos obligará a revisar nuestros dogmas, algunas veces acertará y otras se equivocará. Entonces no la veamos como gigantes enemigos.

Finalmente: debemos encarar con sabiduría los argumentos de la falsamente llamada ciencia.

Cuando los enemigos de Nehemías lo invitaron a salir de la ciudad al campo, éste se negó por una razón muy apropiada: no podía postergar la gran obra que se le había encomendado. No faltarán los que en nombre de la ciencia quieran saborear la fe. La peor decisión frente a esos casos es dejar "la gran obra de la predicación y la enseñanza" que Cristo nos encomendó para salir y pararnos en el campo del enemigo. Probablemente hagamos el ridículo.

En cambio podemos seguir con nuestro ministerio de salvar y edificar, guardando silencio ante las voces enemigas que aseguran que Dios está muerto. Entonces seremos nosotros los que con una sonrisa casi contenida digamos Pero se mueve.

Tomado de la revista Conozca, usado en Creer y Pensar con permiso