El Pastor como mentor de líderes
Sergio A. Ramos González, M.Div.
Jesús invirtió tiempo y energías considerables preparando obreros. Les amó, educó y exhortó adecuadamente. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento notamos que Dios ha utilizado hombres para hablar a los hombres. El método divino permanece sin rival. El Señor continúa llamando y los "hermanos mayores" continúan llevando de la mano a los líderes incipientes. Los hombres y mujeres que han recibido convicción del cielo necesitan un mentor en esta tierra.
La critica situación en el liderato eclesiástico descubre varias de sus causas en su mismo génesis: la iglesia local. Ella tiene la posibilidad y el deber de forjar obreros aprobados que no tienen de que avergonzarse, hombres y mujeres según el corazón de Dios. ¿Quién podrá asesorar a ese muchacho con potencial de liderazgo? ¿Habrá alguien mejor que su propio pastor para ayudarles a transitar la tortuosa senda de la maduración?
Nuestro mundo contemporáneo anhela acongojado quien le dirija. Fracasa el liderazgo hogareño. Padres y madres abandonan sus compromisos. Empresas quiebran por líderes negligentes o ladrones. Aquí gobiernos inestables, allá estados divididos ... aquí y allá carecen de líderes firmes, sabios e íntegros. ¿Qué de la iglesia? La iglesia, lisa y llanamente, no es ajena a su época ni totalmente exenta de los males que asedian el medio. El santuario necesita robustecer su liderazgo local. En su seno palpita el bálsamo sanador. ¿Quiénes son? ¿Acaso hay grandes personalidades en la pequeña capilla? No necesariamente. Pero es allí donde se vivencia la gracia divina y se desarrollan los potenciales humanos a partir de sus estado más rudimentarios. Sí, es esa gente sencilla de los pequeños grupos locales la que puede marcar la gran diferencia. Son gente que sin ser desafiada al servicio probablemente seguirán solo manteniéndose en la fe. Pero que al despertar afectarán su entorno con eficacia. Dios aún cree en quienes creen en él. Dios todavía espera algo aun de quienes no ya esperan nada de sí mismos.
¿Cómo encontrar a esos candidatos para dirigir? Lo cierto es que no hay un padrón invariable de rasgos de liderato. Las que parecieran ser características básicas en un líder destacado, suelen varían en otro igualmente exitoso. Consideremos dos grupos de posibles líderes. El primer conjunto está compuesto por individuos en quienes se evidencian las aptitudes de dirigente. Referimos a aquellas personas carismáticas, a quienes las demás les rodean con admiración y aprecio. Ellas logran dirigir actividades colectivas con naturalidad y sobresalen notoriamente del grupo. Pero la verdad es que la mayoría de los líderes pertenecen al segundo conjunto. Son aquellos individuos que no se destacarán al menos que se los descubra y se les propinen oportunidades válidas para revelar sus dotes de liderato. Para ambos casos la tarea pastoral es determinante.
Una relación amigable siempre otorgará grandes dividendos ya que en el trato cotidiano reside la clave para el descubrimiento, la motivación y la maduración de los siervos del Señor. La pastora debe estar atenta a los intereses de sus feligreses y ver quienes se sienten atraídos por los negocios del Reino. El hombre o la mujer de Dios con visión y metas definidas imanará a los posibles candidatos. La gente que sabe adonde va y porqué naturalmente recluta seguidores. El pastor que conoce su rebaño y le estimula con sabiduría verá crecimiento. Para un auge saludable en el proceso es menester tener disponibilidad para oír, aconsejar, orar, reír y llorar juntos. Con frecuencia será importante dar ánimo y reconocer efusivamente los logros de los principiantes.
La iglesia de Cristo en la actualidad tiene el desafío de desarrollar sus líderes infundiéndoles la convicción de los valores espirituales, la integridad personal y la eficiencia profesional en el servicio a Dios. La persona y las habilidades del neófito deben importarle a quienes ministran a la iglesia local. Para ello la educación académica es importante, aunque no decisiva. El puñado de hombres que escogió el Nazareno nos enseña que Dios para transformar al mundo no demanda erudición sino obediencia, un carácter crecido en aquel que es un varón perfecto, Jesucristo.
El vocablo "disciplina" suena inadecuado a los mediocres. Sólo los hábitos espiritual fraguan obreros competentes. Sin disciplinas espirituales no habrán personas espirituales. El reino de Cristo no es de este mundo. El apóstol Pablo nos recuerda que "las armas de nuestra milicia no son carnales" (2 Corintios 10:4). Por tanto, la mentoría pastoral es clave para forjar los obreros que palpitan tenues en la comunidad local. El ejemplo de espiritualidad que provee el pastor marcará profundo a sus discípulos. Dicha espiritualidad incluye pero no se limita a aspectos tales como:
Coherencia entre el discurso y la ética pastoral
Agudo conocimiento y devoción por las Escrituras
Ojos húmedos y sentidos avezados en la oración
Dependencia del Espíritu Santo
Perdonador ante el ofensor y humilde frente al ofendido
Incansable en el ejercicio del amor cristiano
Sea en la cátedra de la cotidianeidad o en las aulas de la universidad Dios continúa activo formando a sus obreros. La ignorancia no glorifica a Dios. Consideremos las posibilidades más avanzadas de entrenamiento cristiano sin olvidar su génesis, la iglesia local. Si el servicio ministerial fuera el estadio donde compite el líder cristiano, el Instituto Bíblico pudiera ser el gimnasio de adiestramiento y la iglesia local la casa donde se aprende a caminar. Sin caminar apropiadamente no puede haber preparación eficiente y sin ésta, no tendremos campeones.
Jesús rogó, "orad al Señor de la mies que envié obreros a su mies". Desde entonces han transcurrido dos milenios pero la necesidad de obreros aprobados permanece vigente. Los pastores que muestren disposición para preparar obreros encontrarán a un Señor que posee los recursos para lograrlo. En las bancas de la iglesia local se sientan las personas que pueden alcanzar el mundo para Cristo y detrás del púlpito, su pastor, el mentor ideal.