La oculta razón del evolucionismo
Por Guido Féliz
Por algún tiempo el fin esencial y la razón ulterior del evolucionismo biológico representó para mí, como diría Churchill en otro contexto y por otros motivos, "un enigma dentro de un misterio".
Una cosa empero era intrigantemente obvia: el prurito gozo con que casi siempre se recibía en el ámbito de la así llamada "comunidad científica" todo hallazgo de lo que parecía ser la prueba conclusiva, apodíctica, de que se había dado ¡al fin! con el largamente perdido "eslabón darvinista".
Todo efecto -me decía-- , necesariamente tiene causa; ¿pero cuál podría ser la del gozo de unos hombres que por su continente y vocación a primera vista parecían tan graves y circunspectos?
Pronto, sin embargo, abrevando en las milenarias páginas del libro del hijo de Amoz, descubriría lo que por su índole enigmática y misteriosa no siempre es posible determinar: el "gozo científico" se originaba en un odio acérrimo, tenaz, irracional, de la criatura contra el Creador, que a semejanza del can que ladra a la luna, pero con mucho menos posibilidad de ser oído, desenfrenadamente arrastraba al "hombre (llamado) de ciencia" a una lucha sin tregua y desesperante contra Aquel que le dio el ser y lo sustenta. "Oíd cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová; Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí." --Isaías 1:2
Puede, pues, decirse con toda verdad y objetividad, que de ese espíritu rebelde, subversivo, que se alza en armas contra Dios, nace y brota todo designio-oculto o manifiesto--del evolucionismo biológico que atribuye al azar la existencia, la operación, y el mantenimiento del orden cósmico, como si fuera posible que hechos constantes tuvieran la casualidad por sola o preferente razón.
Sin embargo, es posible que a más de un lector le parezca extraño que el escritor haya dicho haber hallado en los escritos de Isaías, el intrépido profeta hebreo que viviera en una época separada de la nuestra casi tres milenios, la razón de la existencia de una cosa tan relativamente nueva como la hipótesis evolucionista de Sir Charles Robert Darwin.
Sin subestimar o desdeñar en forma alguna esa duda, antes bien comprendiéndola, me atrevería a agregar que en la palabra del profeta de Yahvé no sólo se encuentra la razón del evolucionismo darvinista, sino también la causa de que se extendiera tan vertiginosamente por toda Europa, y de la cálida, continuada, universal recepción que ha tenido casi desde el momento en que se publicara The Origin of Species (1850) hasta las postrimerías mismas del siglo veinte que ahora agoniza.
Las raíces del evolucionismo
Antes de proseguir la discusión del porqué de la aparición de Darwin y sus teorías, quizá convenga detenerse brevemente a considerar el sentido o la significación de una hipótesis que no obstante el descrédito total y aparatoso en que ha caído al paso de los años, sigue ejerciendo tan poderoso atractivo en la mente de tanto espíritu tenido por sabio o "científico".
A raíz de una muy controversial declaración suya en la que tácitamente admitiera la "validez científica" del evolucionismo biológico, el Papa Juan Pablo II se apresuró a advertir que en realidad "hay más de un evolucionismo". Así sea. Aunque acaso más propio podría haber sido decir que existen diversos aspectos o vertientes de la misma idea básica "original" de que el hombre, como lo pretendiera Darwin en The Descent of Man, (1871) "desciende" biológicamente del simio.
En efecto, si se deja convenientemente de lado el más "primitivo" o incipiente evolucionismo de Tales, Anaxímenes, Aristóteles, y aun el de Agustín -del que acaso por su propia "ley" han evolucionado el de Darwin, De Lamarck, Spencer y de todos los demás--, es la hipótesis con que de nos quiere hacer creer que el hombre, creado en el principio a imagen y semejanza de su Hacedor, Génesis 1:26, 27, es sólo y apenas una " criatura evolucionada" en un mundo surgido a su vez como por carambola.
¿Cuál podría ser el propósito de reducir así el hombre de su alteza y dignidad a la mera categoría de "mono evolucionado"? La respuesta, la única verdadera, luminosa, incontrovertible, la expresó Dios mismo por boca del profeta Isaías: la rebelión pura y simple. Crié hijos, los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí. He ahí el porqué y las raíces del evolucionismo darvinista y el de todos los demás.
Poco antes de Isaías, el rey Salomón, cuya buena fama de hombre sabio ha devenido proverbial al paso de los siglos, había descubierto la misma verdad denunciada por el profeta al observar el torcido camino y el zigzagueante andar de los hombres de su propia generación.
"He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones." Eclesiastés 7:29
Efecto e influjo del evolucionismo.
Odón Betanzos Palacios, el gran poeta español contemporáneo que desde hace casi cinco lustros me ha honrado con su amistad, describe al hombre con le término "hombrín" cuando lo compara con la inmensidad del cosmos.
No estoy del todo de acuerdo con la poética descripción betanciana. Creo, desde luego, que el hombre --creado a imagen y semejanza de Dios--, sólo en dos formas podrían reducirse a la ridícula categoría de "hombrín": cuando torpemente y a impulsos de la soberbia reniega de su origen y desciende de su dignidad; o cuando envalentado, desprecia el amor que les debe, descrimina, se impone, y tiraniza a sus congéneres.
No obstante eso, el hombre no es "hombrín" no puede ser reducido a esa infame categoría por comparársela con la cuasi infinita dimensión del universo físico que habita. Si así se hiciere, pronto, "lógicamente", se concluiría que la catedral o el puente, dadas su importancia y sus dimensiones, es mayor que aquel que los erigió. Tal conclusión no solo sería errónea sino insensata en el más propio y cabal sentido del término.
Ahora bien: no hay dudas de que la reducción, casi la degradación del hombre de su prístina dignidad a la categoría de "hombrín", ha sido uno de los efectos más temibles y perniciosos de evolucionismo darvinista desde que a esta malhadada hipótesis se le diera carta de ciudadanía en el "prestigioso" ámbito de los "hombres (llamados) de ciencia".
Bien visto, sin embargo, tal descanso tendría que ser el resultado inevitable, casi fatal, de una "religión científica" como el darvinismo, por la que el hombre pierde su verdadero ser y se convierte, pasa su mal, en descendiente de animales mediante un proceso evolutivo.
Pero la conversión del hijo de Adán en simio, con todo y su gravedad implícita, y acaso el primer y más trágico efecto de la infeliz hipótesis, en modo alguno es el único ni el más nocivo de los males infligidos a la humanidad por el evolucionismo darvinista, especialmente entre los engreídos, presuntuosos, e incorregibles terrícolas de fin de siglo.
Cautiverio de la educación moderna
Otro efecto del aura de respetabilidad de que goza hoy el evolucionismo ha sido la terrible nociva influencia que ha ejercido -y ejerce aún-- en casi toda investigación humana, especialmente en la pedagogía moderna. Esta se nutre de los "hallazgos" y postulados "científicos del psicologismo biológico de corte darvinista-spenceriano. Debido a ello, la psicología que comenzara como "auxiliar" de la pedagogía, terminó influyéndola y "reorientándola" hasta el punto de constituir hoy y de hecho la esencia y el fundamento mismos de esta última.
De igual manera el psicólogo, que originalmente penetró el dominio de la escuela pública como mero "coadjutor" del maestro prácticamente ha devenido su único y más confiable "guía", y al paso que van las cosas, sería de esperarse que con el tiempo se convirtiera también en su sustituto.
Lo que con toda justicia podría llamarse principal y más nocivo "subproducto" de esta increíble "evolución educativa" de nuestros tiempos, se manifiesta en tres vertientes: 1) el tácito desconocimiento de la patria potestad, 2) la efectiva sustitución del hogar como la primera, natural, positiva, y más duradera influencia de la niñez, y 3) el eventual desplazamiento de los padres por el maestro, que tanto y por tanto tiempo ha venido a ser algo así, para decirlo con clásica alegoría cristiana, como el reemplazo del buen pastor de las ovejas con el "extraño asalariado", Juan 10:11-13.
Evolucionismo y cristianismo
Mucho podría escribirse y acaso más decirse de hasta qué punto el evolucionismo biológico darvinista y sus cuasi naturales subproductos -la antropología, la psicología y afines, pero especialmente por intermedio de la segunda de esas pseudociencias-- ha ejercido su perniciosa influencia sobre la pedagogía y los graves males resultantes en el hogar, en la escuela, y en la sociedad moderna. Pero el influjo de la hipótesis evolucionista no se ha limitado a estas tres últimas esferas, sino que se ha extendido también hasta el ámbito mismo de la iglesia de Cristo.
Es increíble, en efecto, la manera en que las especulaciones y "hallazgos" del evolucionismo biológico han penetrado hoy el sagrado recinto de las iglesias, y la otrora respetable esfera de las escuelas, las universidades, los institutos, los seminarios y casi toda otra institución docente cristiana y la forma en que aquellos -las especulaciones y "hallazgos"-- han permeado mucho de lo que se sirve en tales instituciones como la más autorizada y actualizada "enseñanza bíblica".
Casi no hay "literatura cristiana" que no esté literalmente saturada o influida por el psicologismo, que como se ha señalado ya, ha constituido la principal y más decisiva fuente de inspiración de la pedagogía, que a su vez ha sido uno de los tributarios de la poderosa corriente del evolucionismo biológico desatada por Darwin, De Lamark, Spencer, y otros graves espíritus del siglo pasado.
Por ejemplo, en New York supe del penoso caso de una iglesia evangélica cuyo liderazgo invitara a dirigir el coro a un músico profesional pero no cristiano. A consecuencia de un altercado con uno de los miembros de la agrupación coral durante una de las sesiones de ensayo, el maestro descaradamente se ufanó de se "un hombre promiscuo" al que sin embargo había que respetar y obedecer. En esa misma congregación se hizo "hábito" organizar sesiones de "orientación sexual y familiar" en las que el charlista era indefectiblemente un psicólogo inconverso.
Aquí, como debe de ser obvio a todo el que tiene ojos para ver, se está ante el increíble espectáculo de una iglesia que, momentáneamente se espera, ha extraviado el camino de la verdad y que está, por tanto, en la urgencia de ser rescatada. Sin embargo, lo más penoso es el hecho de que esta no representa en modo alguno un rara excepción, ni es en consecuencia la única ni la más grande de las iglesias cristianas que han sucumbido -y sucumben cada día-- a unas ideas cuyo más ponzoñoso y desgraciado efecto lo constituye el menosprecio y reemplazo de la poderosa influencia y dirección del Espíritu de Dios en la vida del creyente en particular y de la iglesia en general.
Todo esto lleva naturalmente al punto de admitir que asistimos a un tiempo en el que a los líderes de la obra de Dios en este mundo se les ha presentado el insoslayable e ineludible deber de oír, sobre todo de obedecer, la voz del aguerrido profeta que los urge a hacer un alto en el camino, reflexionar, y enhorabuena arrepentirse de su extravío, Jeremías 6:16. El profeta Hageo hace eco de la misma exhortación de meditar sobre los caminos, Hageo 1:5-7.
A la luz de lo dicho y en ese sentido, ¿no constituye un saludable y oportuno recordatorio la advertencia apostólica de que "el juicio de Dios comienza por la casa de Dios"? 1 Pedro 4:17. Ya lo creo.